los escritores respecto a los que escribe un gran poeta
No es la primera vez que en mis manos se deshace una edición del libro Escritos Sobre Literatura, que recopila una gran parte de la crítica literaria escrita por el más implacable de los poetas franceses, Charles Baudelaire, y a partir del cual podemos obtener más o menos un mapeo de lo que el mundillo literario era por aquel entonces; como es de suponer ahí se hace un inventario de las envidias, de las falsas glorias, de los grandes autores por decisión propia o de sus amigos y que hoy día no son pero ni al menos un triste recuerdo, las concesiones dadas a los amigos, en fin nada nuevo; pero lo más importante es la forma cómo Baudelaire disecciona las obras de sus contemporáneos y cómo nos muestra con su clásica maestría las grandezas y las miserias de la literatura de su tiempo.Esta edición del año ‘84 corre a cargo de Carlos Pujol, quien, abalado por Editorial Bruguera, aparte de seleccionar y prologar los textos los traduce al castellano; a pesar de que generalmente no soy un entusiasta de los prólogos, este es uno que no me canso de leer y re leer, pues de una forma sumamente clara nos adentra en la obra y la vida de Charles Baudelaire, o sea lo que en realidad es un prologo, cosa que para la mayoría de prologuistas al parecer es un misterio del que aún no se han enterado; además queda lamentar la mala calidad de encuadernación de la obra, lo que en realidad pasa a ser una nimiedad comparada con su contenido intelectual.
Hay entre todos los escritores comentados tres a los que más espacio dedica el compilador y respecto a quienes incluye dos textos, siendo el primero de estos nada menos que el gran Théophile Gautier, de quien inicialmente aparece una biografía en la cual podemos ahondar en lo que fue este hombre que más que trabajar con las letras, las vivió en su máxima expresión, a la vez que Baudelaire no intenta al menos disimular su devoción por el mismo, tal y como lo hace en la dedicatoria de Las Flores Del Mal, pero sin que ello afecte sus juicios sobre su obra, es más, él mismo aclara acerca de la dificultad que hay a la hora de escribir sobre alguien por quien se siente admiración sin incurrir en la ya tipica lambisconería que generalmente se suelen lanzar de un poetastro a otro; al terminar de leer ambos artículos nada más aconsejable que re leer La Muerta Enamorada de Gautier.
El segundo turno es para Víctor Hugo, ese monumento ennegrecido e incorrosible que se yergue inmutable sobre la literatura europea del siglo XIX, de quien se incluye una reseña sobre su vida y otra sobre su novela cumbre Los Miserables, y sobre quien Baudelaire hace una reflexión respecto a lo que es, o debiera ser, un gran poeta y un gran autor, si bien a lo largo de estos textos vemos y comprendemos que no concuerda con toda la obra del autor, es un hecho que hace un justo análisis y valoración respecto de sus obras, en su opinión, mejor logradas.
Más que ninguno de los escritores comentados en el libro, es sin duda de la señora Clemm, madre de Virginia Clemm, esposa de Mr. Edgar Allan Poe, de quien Baudelaire hace el retrato más profundo y más sentido, un acto de justicia para esa madre adoptiva que en el país en el que todo es mega, incluida la ignorancia, tan bien cuidó de esa voz incomprendida pero a la vez más alta, que fue el gran Poe, disecciona en estos textos, más que al maestro del relato de terror, a la sociedad que le concibió y que en cierta forma, al verse imposibilitada de domesticarle, le asesinó; es de recordar que Baudelaire fue quien introdujo a Poe en Francia, por ende en Europa, y el primero de estos textos ha sido incluido en no pocas ocasiones como prologo a sus, tan acertadamente llamadas, Narraciones Extraordinarias; luego nada más juicioso que re leer Relato Hallado En Una botella, es este libro una compuerta a la literatura que es perpetua, porque fue hecha para ser leída y no simplemente para ser publicitada.

Por esos mismos años Giovanni Pinzón, vocalista de Bohemia Suburbana, tenía en la zona 10 el café Oro, epicentro de la movida alternativa, pero en el que muchos metaleros que estudiaban en el Ciudad Vieja se reunían por la tarde-noche, fue así como curiosamente ahí se gestó uno de los primeros zines metaleros, Putrefaxión Zocial; fue en una de esas noches que coincidí con alguien que siempre andaba leyendo y vi que lo que cargaba era el mencionado libro, inmediatamente le pregunté que de dónde lo había traído, a lo que me respondió que no, que lo había comprado en la librería El Tecolote de la zona 1, misma que paradójicamente quedaba a media cuadra del colegio en el que yo estudiaba.
Realmente al abrir aquella edición de Editores Mexicanos Unidos no sabía qué esperar, esperaba algo muy fuerte, sí, pero en realidad no sabía qué, desde la primera línea fue un choque total, no era nada que yo hubiera imaginado, es cierto, pero era algo que desde siempre había buscado, a medida que continué página tras página, aquello era como encontrarme a mí mismo, como por primera vez poner orden a muchas ideas que habían estado desde siempre desordenadas en mi cabeza, como él mismo diría, refiriéndose a Richard Wagner, fue la primera vez que respiré con libertad en toda mi vida, pero a la vez fue un shock, había intuido desde siempre que debía existir una forma distinta de ver al mundo, pero nunca supuse que alguien la supiera plantear de una manera tan clara y a la vez tan cruda.
Indudablemente pocos filósofos se han atrevido a ir tan lejos como Friedrich Wilhelm Nietzsche (1,844 – 1,900) lo hizo, primero atreviéndose a cuestionar a quienes habían sido impuestos como incuestionables, lo que sin lugar a dudas no le hace tan profundo, pero si lo hace indudablemente el hecho de que por primera vez alguien halla logrado pensar al margen del pensamiento platónico, una labor que aún hoy suena titánica y monstruosa, dado que, aún sin querer, todos hemos sido concebidos, creados y domesticados mediante el molde platónico, hoy, como en mi caso, resulta indudablemente cómodo leerlo y comprender el grado de inherencia que dicho pensamiento tiene en nuestras vidas, pero el pensarlo por primera vez, el concretar esa idea en sí, es algo que difícilmente puede calcularse. 
Cuando uno, en un acto de honestidad, dice que no le gustan dichos libros o el resto de las obras de estos y otros autores que conforman el panteón, optan por censurarlo y excomulgarlo del plano intelectual latinoamericano; los más mesurados empiezan, con cierto dejo de compasión, como quien habla con un analfabeto, ha hacernos un largo inventario de las razones por las cuales, según ellos, uno como lector latinoamericano tiene forzosamente que gustar de las mismas, claro que también los hay de los que nos dan una serie de explicaciones, algunas más tontas que otras, de por qué esas obras son forzosamente parte de la gran literatura y que si uno no las ve como tales es porque es un total ignorante.
En lo personal no puedo decir si los del Boom son buenos o son malos escritores, pero es innegable esa falta de conexión entre sus libros y las nuevas generaciones, pienso que a lo mejor y tiene mucho que ver el que las mismas fueron hechas para una época muy especifica, lo que al momento de un cambio de condiciones las hizo anacrónicas; esto sucede más que nada con El Señor Presidente, pero igual debe suceder con alguien extraño que al leerlas, es especial Cien Años De Soledad, se imagine una Latinoamérica mágica y al venir y bajarse del avión lo primero que se topa es con una valla publicitaria de McDonald´s, como en cualquier lugar del mundo, sólo que tachonada por los graffitis de alguna pandilla local, que será sin duda de los pocos localismos que nos quedan; y es que esa Latinoamérica de ensueños simplemente ya no existe o más bien nunca existió, tan sólo quedó anclada a los ideales de una época en la cual, en teoría, el factor ideológico pesaba demasiado en el trabajo intelectual, y digo en teoría porque esto tiene también mucho de ecuación mercadológica, encaminada a vendernos la típica pose del escritor mesiánico y buena onda con el pueblo.
Esa falta de conexión también ha existido respecto a las nuevas generaciones de escritores, ya en Roberto Bolaño era más que notoria, pero con la llegada de Alberto Fuguet y Edmundo Paz Soldán, que por cierto también tienen cara de intelectuales serios y aburridos, con libros como McOndo o Se Habla Español, terminó por hacerse obvia; creando un verdadero pandemónium entre los feligreses del culto en cuestión, quienes no comprenden que nosotros crecimos en un medio desliteraturisado por razones ideológicas, y en el cual los únicos iconos intelectuales eran Gene Simons y Dee Snider, con todo lo poco políticamente correcto que esto pueda ser o sonar, es una realidad, por lo que para cuando, por compromisos académicos, nos acercamos a estas obras, ya no había ningún punto de conexión con las mismas, pues éramos más ciudadanos de Gotham City que de cualquier pueblo del altiplano latinoamericano en el que las mariposas fluctuaran libremente.
Una avenida, amplia en relación a la mayoría de las de la ciudad, con una arboleda que dejaba poco espacio para ver cómo caía sobre los edificios el atardecer; en las aceras y sobre las raíces de los arboles dispersa una horda de rebeldes, entre los 15 y los 60 años, muchos con su colección de vinilos bajo el brazo, con la esperanza de un autógrafo, los cabellos sueltos, la vestimenta negra y botas; intentando escapar a la polución y a la uniformidad de la urbe; el metal incansable retumbaba en las bocinas de los autos, mientras las latas de cerveza Gallo se diluían lentamente.
Una vez dentro del salón, que mucho tiene de bodega industrial, los locales Falso Profeta tuvieron una presentación que inició de muy buena forma el fogeo; las luces se apagaron, todo quedó en un punto muerto, de pronto se dejaron escuchar los primeros estertores con las guitarras de Gary Holt y Lee Altus, se les sumaría inmediatamente Jack Gibson en el bajo y la batería, ignoro si fue Tom Hunting o Nicholas Howard Barker quien la tocó, en teoría es el segundo quien lo hace en vivo, finalmente hizo su aparición el vocalista Rob Dukes, inmediatamente una ola de celulares vio elevarse intentando perpetuar el instante.
Y nuevamente se hizo la oscuridad; oportunidad que muchos aprovechamos para salir a conversar y tomar un respiro; se escuchó, o creímos escuchar, un leve feedback y esa fue la alarma para entrar inmediatamente; en medio de las sombras unas pantallas laterales empezaron a reproducir el video Hordes Of Chaos de Kreator (que por cierto pareciera ser de Manowar), una presentación un tanto insípida que hizo que el publico fuera un poco más frío y distante, me fue imposible no pensar en cierto rockstarismo; prejuicio que deseché rotundamente al conocer una hora más tarde a Mille Petrozza.
Afuera la ciudad continuaba inmersa en las tinieblas de la noche, los perros callejeros asaltaban los volcanes de basura, mientras los vagabundos se hacían de las latas vacías para reciclarlas y aquel lugar era tan sólo un punto, perdido e impensable en la inmensidad de la urbe, una pequeña mancha en nuestras mentes que intentaremos nunca borrar, porque son esos momentos, esas horas de adrenalina, lo que hacen que un metalero continúe respirando y que se sienta tan orgulloso de ser lo que es. 
H.P. Lovecraft fue sin duda de esos autores más bien extraños que impactan y uno busca conocer, pero que en cierta forma se escabullen; a inicios de los 90’s la música Metal underground se conseguía mediante el intercambio con fans de todo el mundo, por la vía del correo tradicional, así las bandas se daban a conocer en países tan lejanos como Noruega o Singapur, parte fundamental jugaban los fanzines, pequeñas revistas independientes que incluían entrevistas a bandas, reseñas de discos y de conciertos, algunas tenían su sección literaria en la cual generalmente nos topábamos con fragmentos de la obra de Lovecraft.
No fue sino hasta en el año ‘99 que finalmente encontré en la librería Luna Y Sol, donde por ese entonces trabajaba Simón Pedroza, El Horror De Dunwich, en un librito muy pequeño de la colección Alianza Cien, el mismo me dejó impactado, difería o más bien concretaba por primera vez toda aquella visión fragmentaria que del autor había tenido siempre, pasaron algunos años para que en Artemis Edinter encontrara El Caso De Charles Dexter Ward, en la ya citada colección de Alianza Editorial, y desde entonces no he parado de ir comprando cada vez que vienen nuevos títulos y en ellos irme perdiendo lentamente en abismos gelatinosos, terribles e innominados.


Pero, y siempre existe un pero, desde hace ya un tiempo me cuestiono cómo un hombre que tiene tan claros los procesos mediante los cuales la sociedad es regida actualmente y a los cuales se opone en cada oportunidad que tiene de decirlo, no ha notado que es una parte importante del engranaje de la misma, resulta ser que el Sr. Saramago desde la oposición ha pasado a ser uno de los autores más rentables y con más presencia en el mercado, publicando una cantidad increíble de libros, una guía turística incluida, que no forzosamente son imprescindibles y que lo mantienen con increíble actualidad dentro del mercado editorial, justo como lo hacen todos esos productos prefabricados de los que tanto desdeña.
Nadie como Michael Jackson supo representar, y a la vez sufrir, ambas caras de dicha cultura, alcanzando todo el esplendor que ésta puede dar y toda la falacia que a su vez la misma implica, quedando inscrito en la historia como el primer ser humano que cambió de color y el que rompió todos los records de ventas existentes, pero a la vez el mismo que cuando no supo cómo entretener a las masas, sufrió la soledad y el vacio que hay detrás de la fama. 
Si bien toda obra de un autor nos transmite la esencia de su pensamiento, es en su vida cotidiana en la que realmente podemos ver la esencia de si mismo, y es esto lo que nos permite la obra de Théophile Gautier, un acercamiento al trabajo obsesivo de un hombre que nunca se sintió dueño de un estilo propio, volcándose entonces a una entrega total a su obra, aún a costa de su vida misma, con jornadas de escritura de 15 horas diarias, en las cuales era tan sólo el café lo que le impedía rendirse al peso del desvelo, y cómo un hombre que nunca pudo armar un verso, armó una de las obras más impresionantes e imprescindibles de la historia occidental.
Poseía, como la mayoría de los escritores serios, una obsesión casi enfermiza por revisar una y otra vez sus textos, hasta, en una labor de alfarero, lograr en ellos el tamizado exacto, esto en nuestros días nos implica tan sólo un gasto desmedido de hojas y de toner, nada que sea del otro mundo, en su tiempo, por el contrario, le implicaba tener que mandar su texto escrito a la imprenta, que le enviaran galeras, y luego revisarlas una y otra vez, con las respectivas re impresiones, mismas que, según nos confía Gautier, eran de suma complejidad para los tipógrafos, por lo que los editores, avaros, como suelen ser en los países en los que sí se venden libros, optaron por pasarle la factura de todos los gastos en los que se incurría en esas revisiones, sacrificando así parte de sus menguados ingresos, sacrificio que el autor no desdeñó en aras de la perfección de su obra.
Pocos libros nos hacen compenetrarnos realmente en la vida de un autor, este sin duda es uno de ellos, y que al ser realizado a su vez por un autor que sabe los secretos del trabajo, nos muestra el edificio, no como en una visita guiada, sino como una labor de ingeniería en la cual quedan a luz aún las líneas y engranajes más diminutos y principales de lo que fue el autor y la creación de obras como Séraphîta o La Misa Del Ateo, dejándonos el viaje por este entramado un sabor extraño, un sentimiento raro hacia esas obras y la constatación de que un hombre que fue capaz de, como él decía, hacerle la competencia al registro civil en la cantidad de personajes que ideo y a los que dio vida, era también humano, lastimosamente aún no se hacen realidad las palabras que Victor Hugo dijera en su funeral: A partir de ahora los ojos de los hombres se volverán a mirar los rostros, no de aquellos que han gobernado, sino de aquellos que han pensado.